Con la boca llena

He visto a periodistas reivindicar su jamón por Navidad, a blogueros pedir quedarse con el último modelo de smartphone con la boca llena de canapés, a redactores de Economía recoger regalos en el garaje, a plumillas de Cultura viajar al quinto pino para ver un espectáculo que también estrenan en su barrio, a directores de medios llorando por un palco VIP en un evento deportivo. Estas cosas pasaron, pasan y pasarán. Esto no es, por desgracia, el periodismo anglosajón, donde no se aceptan chucherías y tampoco se ofrecen con tanta alegría.

Si hubiera una estadística oficial sobre el asunto, el volumen de unte en España ha descendido a ritmo de crisis. Además, lo poco que queda se reparte con blogueros e “influencers” en general. Aún así, sorprende el revuelo que montan algunos al ver que hay un puñado de colegas viendo el Mundial por la cara. Como si nunca hubieran hecho algo parecido, como si no jugaran muchas veces al mismo juego, aunque en una liga inferior.

En las redacciones se envidia al redactor de motor que se va de viaje con un cochazo último modelo, se farda de ir de gorra a conciertos y partidos de fútbol, se enseña con orgullo el último chisme de una marca molona de Sillicon Valley. Las blogueras de moda piden un riñón a cambio de nombrar una marca de la que pretendían hablar de todos modos, los instagramers de viajes piden pensión completa con vistas al mar a cambio de cuatro fotos de un pueblo. Y siempre hay canapés, mucho canapés.

Es algo feo, muy feo, pero la solución está en manos de todos. No basta con publicar fotos acusadoras, además hay que ser capaz de motivar el cambio en ese tipo de prácticas. El problema de estas actividades poco éticas es que se basan, como el mercado, en la oferta y la demanda. Y hay oferta y hay demanda. Hay periodistas y similares pidiendo algo a cambio de un breve o una mención en Twitter y hay departamentos de comunicación buscando qué ofrecer a la prensa para que le haga caso. Las dos partes son culpables, las dos pueden acabar con el problema.

No se puede reivindicar la ética con la boca llena de canapés.

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