El contragolpe de Erdogan: TV, mezquitas y SMS

El golpe de Estado en Turquía fue una chapuza, el contragolpe, sin embargo, fue un acierto. Más allá de la calificación moral de cualquiera de las dos acciones, la gestión del mensaje y la manera de difundirlo hicieron que la balanza se desequilibrara del lado de Erdogan, que supo manejar a sus seguidores y a la opinión pública mundial en el momento adecuado. Su éxito, ya veremos si el fracaso definitivo de un modelo de sociedad en Turquía, se basó en la comunicación.

El primer impulso de los analistas dominados por el ansia de ser el primero en soltar cualquier barbaridad fue darle todo el mérito a las redes sociales. Es cierto que es el medio a través del que nos informamos en Occidente la noche del golpe de Estado, a golpe de Periscope y de mensaje corto, pero no era más que un eslabón de un proceso comunicativo más complejo y mejor gestionado. En las redes sociales vimos lo que quisieron que viéramos, ya que en esta ocasión el relato se elaboró antes, haciendo que las imágenes que llegaban con aparente espontaneidad a nuestros móviles ya estuvieran condicionadas. El que ató mejor el relato antes de su salto a la vorágine informativa internetera ganó.

A mi juicio, las claves de la gestión de la comunicación que evitó la victoria del golpe fueron la anticipación y la capacidad de unificar el mensaje y generar compromiso a través de los medios adecuados:

A) Televisión para ganar cobertura y unificar el mensaje: No nos engañemos, el mejor modo de llegar a mucha gente en poco tiempo sigue siendo la televisión. Erdogan la utilizó para movilizar a sus partidarios de un modo impactante. Apareció por Facetime a través de un móvil, creando así cierta incertidumbre sobre su paradero, ofreciendo una sensación de peligro capaz de motivar a sus seguidores a salir en su defensa. Además utilizó la franquicia turca de la CNN, garantizando la difusión internacional inmediata. La televisión sirvió para asegurar la cobertura y la coherencia del relato que presentaba al presidente como una víctima dispuesta a ofrecer resistencia con el apoyo de sus partidarios. A través de la pequeña pantalla Erdogan se aseguró de que todos sus seguidores trabajaran con el mismo mensaje.

B) Mezquitas para garantizar la movilización: En las imágenes de las protestas que nos llegaban por Periscope no había mujeres y el bigote parecía casi obligatorio. El perfil de los que salieron a la calle era claramente religioso. La creencia compartida mueve pasiones, así que qué mejor modo de movilizar a los seguidores que utilizando los minaretes de las mezquitas. Esta acción aseguró la salida a las calles de los partidarios de un defensor de la religión en un país donde el ejército, hasta la purga actual, defendía los ideales laicistas de Ataturk. Mientras los expertos en marketing buscan modos de crear el famoso compromiso o ‘engagement’, las religiones organizadas conocen perfectamente el secreto.

C) SMS para reforzar el vínculo individual: Por si quedaba aún algún seguidor de Erdogan dubitativo tras los mensajes televisados y el llamamiento de las mezquitas, el presidente se coló en sus teléfonos móviles a través de un SMS que apelaba a los sentimientos de cada uno de los receptores: “Defiende tu democracia”. Se cerraba el círculo. Todos los seguidores a la calle.

Las redes sociales tuvieron relevancia, sí, pero el mensaje que trasladaban los usuarios desde Turquía ya venía en parte condicionado por el resto de medios. Veíamos unas acciones ya desencadenadas por los mensajes transmitidos por otros soportes. Televisión, mezquitas y SMS desintermediaron al desintermediador, desencadenaron la acción del contragolpe elaborando un relato capaz de llegar de un modo rápido y efectivo a todo el mundo a través de las redes sociales. Al día siguiente, ya superada el ansia informativa que nos come por dentro, era difícil recordar algo más que titulares e imágenes definidas por el ganador. La profundidad informativa sólo es patrimonio de unos pocos. La realidad es mucho más compleja que un puñado de tuits.

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