La mentira no es noticia

La novedad es uno de los ingredientes principales de la noticia. Que Trump mienta ya no es novedoso, ya no es noticia. Sin embargo, sigue ocupando espacio en los medios, que han decidido tirar definitivamente la toalla a la hora de fijar la agenda informativa para dedicarse en gran medida a tratar aquellos temas sobre los que miente Trump. Bueno, Trump o cualquier político lo suficientemente listo como para aplicar el mismo truco.

Desmentir una mentira obvia a los pocos lectores informados que siguen siendo fieles seguidores de la actualidad publicada no es más que asumir el tema propuesto por el mentiroso. A sus seguidores el llamado fact checking, algo supuestamente innato en el trabajo periodístico, les da igual. Probablemente eran millones los estadounidenses que no pensaban que Trump fuera capaz de construir un muro, pero le votaron por sacar a primera plana el tema de la inmigración.

Está muy bien eso de comprobar las fuentes y los datos, pero se trata de un proceso previo ineludible. Convertirlo en algo extraordinario y reactivo es un gol más en propia meta de la profesión. Hay que salir más a la calle, escuchar y anticipar los temas que interesan a los lectores, no a los mentirosos. Ya lo decía Mulder, la verdad está ahí fuera.

Más allá del muro

Si no vives en Madrid ni en Barcelona ya lo sabes, tu ciudad, tu pueblo, sólo aparece en los medios nacionales en forma de resultado deportivo, suceso truculento, caso de corrupción o en la sección de viajes, como destino idílico para quienes viven en grandes capitales. Tus problemas son datos agregados cuando se publica el CIS. La agenda informativa no está hecha para ti.

De ese conjunto de noticias en el que no apareces surgen los trending topics, que retroalimentan a los medios cerrando un círculo vicioso en el que tu pueblo sigue siendo un destino lejano y exótico, sin problemas concretos aparentes. Sabemos que te preocupa el paro, pero desconocemos por qué y cómo te afecta en el día a día.

Así crece la desigualdad informativa. Políticos, periodistas y gurús de la comunicación utilizan como herramienta de trabajo un discurso colectivo que sólo muestra una parte de la realidad a través de un filtro determinado. Las nuevas tecnologías deberían ayudar a salir de ese círculo, pero las usamos de un modo que tiende a fortalecer sus barreras. Somos vagos, todos, demasiado vagos como para buscar información más allá de la que nos satisface en nuestro muro, pensamos que más allá no hay nada, como mucho, caminantes blancos. Quizá nos preocupamos por ver qué hay al otro lado durante la campaña electoral, cuando llega el invierno, pero mientras tanto…

El llamado big data podría ser una solución a esto, de hecho hay quien cree que ya lo es. Pero sigue mostrando una foto defectuosa. Dejamos rastro digital más que suficiente sobre nuestros hábitos de consumo, en eso, la imagen es perfecta, pero el cabreo, la sensación de abandono, los problemas reales, no siempre se exteriorizan. Hace falta algo más que estadística para entender qué sucede en todo el mundo.

Hackear esa desigualdad es posible. Rajoy lo hizo emocionándose en una plantación de alcachofas y paseando por una granja junto a las vacas, algo que en Madrid y Barcelona generó risas. Trump lo ha hecho prometiendo el paraíso a las zonas industriales más deprimidas de Estados Unidos, las que no salen en las películas, las que ocupan el espacio entre Nueva York y California.

¿En qué han fallado los medios? ¿En qué ha fallado la izquierda? En creer que la parte es el todo.   En dar crédito y aires de superioridad a la percepción del entorno cercano publicando lo que sucede más allá de su círculo como si fueran anécdotas de lugares lejanos, imponiendo un punto de vista alejado de lo local.

Los medios publican noticias sobre Juego de tronos y sobre First dates, desde luego, pero de lo publicado podríamos deducir que la serie es un fenómeno de masas y el reality no es más que un entretenimiento para un segmento concreto de población. La realidad es justo la contraria. La lucha por el trono de hierro tiene un seguimiento minoritario en comparación con el programa de Carlos Sobera.  Seguro que muchos lectores no han entendido mi anterior referencia a los caminantes blancos del mismo modo que muchos votantes desconocen las referencias utilizadas por la izquierda más estudiada en sus discursos.

Entender al otro requiere de un esfuerzo constante, más allá de las campañas electorales. No basta con preguntarse qué hay más allá del muro cuando vemos que llega el invierno, para entonces los habitantes del otro lado ya estarán demasiado cabreados. Cambiar la sociedad desde las alturas, seguir aplicando el despotismo ilustrado, da sorpresas en las citas con las urnas. Y muy desagradables para quienes estamos atrapados en el discurso colectivo publicado en los viejos y los nuevos medios.

El contragolpe de Erdogan: TV, mezquitas y SMS

El golpe de Estado en Turquía fue una chapuza, el contragolpe, sin embargo, fue un acierto. Más allá de la calificación moral de cualquiera de las dos acciones, la gestión del mensaje y la manera de difundirlo hicieron que la balanza se desequilibrara del lado de Erdogan, que supo manejar a sus seguidores y a la opinión pública mundial en el momento adecuado. Su éxito, ya veremos si el fracaso definitivo de un modelo de sociedad en Turquía, se basó en la comunicación.

El primer impulso de los analistas dominados por el ansia de ser el primero en soltar cualquier barbaridad fue darle todo el mérito a las redes sociales. Es cierto que es el medio a través del que nos informamos en Occidente la noche del golpe de Estado, a golpe de Periscope y de mensaje corto, pero no era más que un eslabón de un proceso comunicativo más complejo y mejor gestionado. En las redes sociales vimos lo que quisieron que viéramos, ya que en esta ocasión el relato se elaboró antes, haciendo que las imágenes que llegaban con aparente espontaneidad a nuestros móviles ya estuvieran condicionadas. El que ató mejor el relato antes de su salto a la vorágine informativa internetera ganó.

A mi juicio, las claves de la gestión de la comunicación que evitó la victoria del golpe fueron la anticipación y la capacidad de unificar el mensaje y generar compromiso a través de los medios adecuados:

A) Televisión para ganar cobertura y unificar el mensaje: No nos engañemos, el mejor modo de llegar a mucha gente en poco tiempo sigue siendo la televisión. Erdogan la utilizó para movilizar a sus partidarios de un modo impactante. Apareció por Facetime a través de un móvil, creando así cierta incertidumbre sobre su paradero, ofreciendo una sensación de peligro capaz de motivar a sus seguidores a salir en su defensa. Además utilizó la franquicia turca de la CNN, garantizando la difusión internacional inmediata. La televisión sirvió para asegurar la cobertura y la coherencia del relato que presentaba al presidente como una víctima dispuesta a ofrecer resistencia con el apoyo de sus partidarios. A través de la pequeña pantalla Erdogan se aseguró de que todos sus seguidores trabajaran con el mismo mensaje.

B) Mezquitas para garantizar la movilización: En las imágenes de las protestas que nos llegaban por Periscope no había mujeres y el bigote parecía casi obligatorio. El perfil de los que salieron a la calle era claramente religioso. La creencia compartida mueve pasiones, así que qué mejor modo de movilizar a los seguidores que utilizando los minaretes de las mezquitas. Esta acción aseguró la salida a las calles de los partidarios de un defensor de la religión en un país donde el ejército, hasta la purga actual, defendía los ideales laicistas de Ataturk. Mientras los expertos en marketing buscan modos de crear el famoso compromiso o ‘engagement’, las religiones organizadas conocen perfectamente el secreto.

C) SMS para reforzar el vínculo individual: Por si quedaba aún algún seguidor de Erdogan dubitativo tras los mensajes televisados y el llamamiento de las mezquitas, el presidente se coló en sus teléfonos móviles a través de un SMS que apelaba a los sentimientos de cada uno de los receptores: “Defiende tu democracia”. Se cerraba el círculo. Todos los seguidores a la calle.

Las redes sociales tuvieron relevancia, sí, pero el mensaje que trasladaban los usuarios desde Turquía ya venía en parte condicionado por el resto de medios. Veíamos unas acciones ya desencadenadas por los mensajes transmitidos por otros soportes. Televisión, mezquitas y SMS desintermediaron al desintermediador, desencadenaron la acción del contragolpe elaborando un relato capaz de llegar de un modo rápido y efectivo a todo el mundo a través de las redes sociales. Al día siguiente, ya superada el ansia informativa que nos come por dentro, era difícil recordar algo más que titulares e imágenes definidas por el ganador. La profundidad informativa sólo es patrimonio de unos pocos. La realidad es mucho más compleja que un puñado de tuits.

El otro fracaso del Brexit

24 horas después de que los británicos decidieran salir de la Unión Europea las búsquedas más habituales en Google en todos los países afectados seguían dominadas por la expresión “qué es el Brexit”. La respuesta más facilona es que se trata de la salida del Reino Unido, o dividido, ya veremos, del club europeo. La respuesta menos obvia es otra: El Brexit es el mayor fracaso de comunicación protagonizado por políticos y medios de comunicación al que hemos podido asistir en directo.

Hemos visto miles de titulares sobre el tema, en todos los países, con todos los enfoques posibles, en todo tipo de soportes, pero no nos hemos enterado de gran cosa. Ni nosotros ni los británicos. Una clase política encerrada en sí misma ha trasladado su lucha por la supervivencia al debate europeo, ha puesto el miedo en el centro de los titulares dejando el análisis racional en el congelador para movilizar a una sociedad que no acababa de enterarse de la fiesta, de ahí las búsquedas en Google a posteriori.

Los medios de comunicación, parte inseparable de un sistema herido de muerte, se sumaron a la corriente buscando clics a golpe de titulares sensacionalistas de esos que pasan corriendo por Twitter, de esos que se olvidan a la media hora, de esos que sólo refuerzan los temores asentados por cada individuo en función de su sesgo confirmatorio. Si alguien explicó bien de qué iba esto del Brexit, lo distribuyó fatal. Los mitos de cada bando han ocultado lo relevante con la complicidad, consciente o no, de los encargados de elaborar el relato ante la sociedad. Del “informar, formar y entretener” apenas ha quedado parte del entretenimiento. La profundidad en el mensaje es algo que sólo alcanza a una élite.

No hemos acabado de entender del todo lo que ha pasado, no nos lo han explicado bien, no han sido capaces de hacernos llegar el mensaje. No han querido o no han sabido. El sensacionalismo ha vencido a la relevancia y ahora toca lidiar con una realidad confusa. Y mañana otra vez elecciones en España.

La caverna 2.0

Parece cosa del pasado, pero siguen llegando convocatorias de gurús a conferencias dedicadas a contar las bondades de “lo digital”, así, a pelo, como si “digital” fuera un sustantivo y no un adjetivo. Venga ya, sabemos que no es cierto, que no hay continente sin contenido, que no hay dos verdades, la física y “la digital”, que todo es parte de nuestro entorno, que vivimos en 2016 y casi todos en Occidente, hasta los más mayores, apoyan sus quehaceres diarios en una conexión a Internet. Lo hacen hasta las máquinas.

Casi todo es físico y casi todo es digital. Y lo que no lo es guarda una reproducción fidedigna en forma de unos y ceros en algún servidor más o menos remoto. Así que más vale que nos acostumbremos de una vez a ver la realidad como un todo.

Lo digital no se entiende sin lo físico y viceversa (hasta a eso hemos llegado), lo digital son las sombras de la caverna 2.0 de Platón. En la alegoría del griego quienes están encerrados en ese mundo sombrío se niegan a salir a plena luz del sol y son capaces de matar a quien les intenta guiar fuera de la caverna. Como muchos gurús de “lo digital”, quienes se sienten satisfechos con las sombras no quieren conocer la verdad. Igual en Grecia los habitantes de las cuevas también ganaban dinero hablando de las sombras.

La verdad está ahí fuera.

Uno entre millones de seres felices

En las redes sociales somos felices todos los días. Comemos en los mejores restaurantes con la mejor compañía, viajamos a sitios impresionantes, leemos textos interesantísimos, vemos vídeos divertidos, asistimos a espectáculos irrepetibles y no paramos de contarlo. Todas las puestas de sol son memorables en Instragram, Facebook o Twitter, todos los vinos saben a gloria. Ni un resquicio de imperfección o aburrimiento, ni un amago de infelicidad. Así somos cuando nos mostramos ante los demás cotidianamente.

Quizá por eso cada vez que alguien distorsiona ese mundo feliz con el menor gesto de incorrección se convierte en víctima de linchamiento público, en carne de TT, en noticia. Quizá por eso todo lo que no rebosa felicidad se considera poco correcto, censurable, autocensurable.

Lo negativo, desterrado individualmente al mundo físico, es cosa de “los otros” en ese relato feliz de nuestra existencia que mostramos todos los días. No nos damos cuenta de que sin imperfecciones, sin lados oscuros, sin matices, no somos nada. Y eso es lo que demostramos muchas veces cuando nos presentamos ante los demás en la escena pública digital, que tan sólo somos uno más de los millones de seres humanos de Occidente que hoy han decidido fotografiar una hamburguesa 100% carne de vacuno ecológica salida de un establo donde los bichos escuchan a Mozart mientras reciben masajes. Llámame ‘foodie’. Qué aburrimiento.