“Influencia”, siempre con comillas

Después de leer este interesante post de mi amigo Pablo Herreros he bajado al bar de abajo, he preguntado y he comprobado lo que me temía: Nadie sabe quién es el alcalde de Jun. Ni siquiera sabían que existía un pueblo con ese nombre, un ayuntamiento con amplias iniciativas de participación ciudadana y cierta entrega propia de un fan adolescente a una multinacional estadounidense, Twitter.

Aunque los vecinos del bar no lo sepan, el alcalde de Jun, José Antonio, es el primer edil con más seguidores del mundo y el tercer político español más “influyente”, según Klout.   Este texto va sobre esas comillas que rodean a la palabra “influyente”, que forman parte intrínseca del concepto hoy en día, ya que su significado real es algo que queda para el diccionario de la RAE.

Sería de esperar que el tercer político más “influyente” del país fuera capaz de cambiar muchas cosas, esa “influencia” genérica le otorgaría el poder de mejorar nuestro día a día en cualquier ámbito de un modo real y efectivo para toda la población, ya que su poder de convicción estaría por encima del de cualquier ministro. De hecho se supone que supera, según Klout, a su propio candidato a la presidencia del gobierno, Pedro Sánchez. Si esto fuera así, lo que nos cuentan estos índices de influencia es que el líder socialista podría ser un mero títere camino de la Moncloa, ya que en su propio partido hay quien influye más que él. Permitidme que lo dude.

Entonces, José Antonio, ese señor de Jun, provincia de Granada, ¿tiene influencia o no la tiene más allá de la linde de su pueblo? Pues la verdad es que sí, aunque con reparos, nunca tanta como cabría de esperar de un alcalde con más “seguidores” que Ada Colau o Manuela Carmena. Su influencia es directa sobre quienes creen que el tamaño importa, y este señor sabe utilizar muy bien sus métricas. Son muchos quienes miran a las redes sociales y a las nuevas tecnologías sin ningún tipo de espíritu crítico, hay demasiada gente fácil de impresionar por un dato frío. Del mismo modo que hay periódicos que dan relevancia a noticias que no lo son bajo el paraguas de “arde Twitter”, hay personas subidas a los altares por su número de seguidores, desde políticos hasta estrellas de la prensa rosa. Hay quien considera un gurú de cualquier cosa a alguien con unas métricas desproporcionadas. En ese público fácil de impresionar sí que es “influyente”, siempre con comillas, José Antonio. Por el tamaño de su Klout. Estos índices indican que influyes, sin duda, pero no explican sobre quién y para qué, que es lo importante.

Dos cosas más:

  • No tengo claro que sea posible prestar atención y conversar con más de 150.000 personas en Twitter ni en ninguna parte.
  • Me parece genial que un ayuntamiento utilice todas las herramientas a su alcance para mejorar la calidad de vida de sus vecinos, pero me genera mucha inquietud un gobierno municipal entregado a la promoción de una o varias multinacionales.

He vuelto a escribir.

 

 

 

 

Sonido ambiente

Nada pasa más desapercibido y está tan presente como el ruido de fondo. Puede que te guste el heavy metal o que seas un fan de la música clásica, pero te sabes de memoria la canción del ‘Taxi’. Ha estado ahí, no le has prestado atención, sabes que la odias, no te gusta, has pasado de ella pero…te la sabes, forma parte de un escenario que has asumido como habitual durante los últimos meses.

El sonido ambiente tiende a normalizarlo todo. Sucede con los grandes éxitos del reguetón y con la Gúrtel, por poner un ejemplo, que en esto de la corrupción hay muchos. Se convierten en un ruido de fondo incómodo pero asumido como parte del paisaje. Así, acabamos digiriendo como algo natural en nuestro entorno la corrupción o las canciones de Pitbull. El sonido ambiente es el vaso de agua que nos ayuda a tragar carros y carretas, nadie protesta en exceso por lo que parece normal en el decorado que nos rodea. Nos aprendemos la letra, la repetimos sin sentido y movemos las caderas.

NOTA: No, no me creo a los que tras leer los dos párrafos anteriores os habéis puesto todo dignos en plan “pues yo no sé qué es eso del ‘Taxi'”. Callaos un momento, escuchad, en realidad no estáis rodeados de silencio, ahí, al fondo, está cantando Pitbull.

Cuñao centrismo

Es un tema que me obsesiona. ¿Quién influye en el que influye? Seguramente gente que no sale en lo más alto de las herramientas de medición de influencia, personas que escapan a los algoritmos, señores que no tienen 30 MBAs ni dos millones de seguidores en Twitter.

Los directivos de las empresas dirán que quien influye es el cliente, es lo que toca en plena oleada de postureo ‘customer centric’, y los dirigentes políticos dirán que el pueblo, sin especificar si se trata del mío o del barrio de Salamanca.

La realidad es más simple, tengo la respuesta, mandan los cuñaos, aquellos cuya palabra es ley cerveza en mano. A ellos son a quienes realmente se hace caso, la alternativa homeopática a las encuestas y los estudios de mercado.

A un dirigente le puedes llegar con el informe más certero y sofisticado, pero como su cuñao opine lo contrario…

Estamos en sus manos.

Periodismo estúpido

No sé si lo que falta es contexto -quizá porque no se busca-, sobra mala intención o, directamente, hemos entrado en una nueva era del periodismo estúpido. Puedo entender que las masas se entretengan linchando al personal por cualquier cosa, es una tradición que arranca en los patios de los colegios y cobra fuerza con la edad, pero que todos los días casi todos los medios se sumen al coro de “seño, seño, mira lo que ha dicho fulanito” es directamente vergonzoso.

Coger con pinzas una cita del partido A, el B, el C, el D o el E, que ahora hay muchos, y rasgarse las vestiduras en portada es TT y es estúpido. Mucho. Para qué profundizar en el contexto del enemigo si podemos perder una buena oportunidad de darle una colleja en público, para qué ser leales a la audiencia explicando lo que sucede si podemos lanzar a las hordas contra el que nos cae mal. A las hordas e incluso a la Fiscalía, según quién sea el linchado.

Pensaba que en algún momento íbamos a aprender a leer en los “nuevos medios”, pero da la sensación de que no, de que interpretar de un modo inteligente lo que se comunica a través de cualquier pantalla es algo que no conviene a medios, políticos y otros seres dominantes.

La superioridad moral de lo viejuno

“Eso ni es música ni es ná, es ruido, en mi época estaban los Beatles, que eran otra cosa”. Esta frase se la podemos atribuir a cualquiera de vuestros padres, se trata de una de las manifestaciones más simples de superioridad tonta y errónea que otorga la edad. Debe de ser algo inherente al ser humano, el considerar inferior todo lo que traen las nuevas generaciones.

Con la música el ejemplo es fácil, nuestros gustos se configuran en la adolescencia y, a partir de ahí, todo lo que llega tiende a parecernos inferior. Así arrasan luego las emisoras de ‘oldies’ o Spotify, que te permite entrar en bucle en la época en la que aún te costaba afeitarte. Somos conservadores, más de lo que pensamos, y no sólo en cuanto a gustos musicales.

Cuando la realidad impone un cambio en lo político, lo económico y lo social, como es el caso a estas alturas, la reacción de quien sigue pensando de un modo estúpido que cualquier tiempo pasado fue mejor no se hace esperar. Aunque el pasado fuera una dictadura implacable o una democracia de todo a 100.

Hoy el mundo viejuno ha tomado Twitter, piensa que así rejuvenece aplicando ironía, crítica despiadada y descalificación constante a todo síntoma de cambio. Así manifiesta su absurda superioridad moral. El mejor modo de volver a esa época dorada en la que unos pocos podían robar lo de muchos sin que nadie se diera cuenta es ridiculizar los avances y las personas que los protagonizan. Pero cuidado, seguro que en los 80 tu padre pensaba que AC/DC no era más que ruido y ahora en sus conciertos hay familias enteras, niños y hasta abuelos incluidos, apreciando su música.

Que nadie se sorprenda

Los nuevos modos de hacer política parecen haberse reducido al control de lo que dice el vecino en Twitter del mismo modo que en la empresa hay quien limita la comunicación al SEO, el SEM, el número de seguidores o la medición del ruido.

La casta, sí, la expresión es útil aunque la desgaste Pablo Iglesias, ha oído que para estar a la vanguardia hay que ser digital y no ha dudado en apoderarse de las palabras, los conceptos, las etiquetas, que favorecen ese tipo de postureo.

Lo que importa ahora es insultar mejor que el rival, ser más rápido censurando, aparecer el primero en Google o superar en seguidores al contrincante. El “para qué” es lo de menos, ya se trate de ganar votos o mejorar la cuenta de resultados. No importan las personas, aunque sean quienes votan y consumen, no importa el contenido,  para la casta reconvertida lo fundamental es aparentar modernidad.

Luego llegarán los sustos. Que nadie se sorprenda si pierde unas elecciones o entra en pérdidas pese a su magnífica “reputación” prefabricada en Twitter y aplaudida por sus pelotas y bots de turno.

Palabras con patatas

Cuando uno se sumerge en el discurso bélico es consciente de que la retórica final sólo admitirá vencedores y vencidos. En la política española es el discurso dominante, el que ha guiado el relato hasta ahora, el que mejor entendían y en el que mejor se manejaban los dos partidos mayoritarios.

El shock del domingo deja a los más belicistas en el lugar de los vencidos. El discurso ha cambiado más que el número de votos. Ahora les quedan tan sólo dos opciones: seguir pensando que esto es una guerra y llevarnos a todos a una situación insostenible o comerse sus palabras con patatas y trabajar, por fin, para que de la política sólo salgan vencedores.