La manía de extender los malos vicios ochenteros al siglo XXI

Hay preguntas que dejan al aire actitudes más desfasadas que un videoclip de Modern Talking. Al hablar de dospuntocerismo se repite mucho una (ayer me la hicieron unas cuatro veces): ¿Qué departamento de una empresa debe aglutinar el trabajo en redes sociales?

En cuanto oigo la pregunta, aun sabiendo que es bienintencionada, mi temperatura corporal sube varios grados y tiendo a responder planteando otros retos absurdos: ¿Qué departamento de una empresa debe centralizar las llamadas de teléfono? ¿Quién es el encargado de pasar los textos a papel?

No se puede ir de moderno y mantener actitudes propias del antiguo régimen. La territorialidad mal entendida de las estructuras empresariales, la acaparación de poder interno mediante el monopolio de una herramienta, es uno de los factores que sin duda impulsa al precipicio a las compañías más veteranas.

Si una nueva herramienta favorece la consecución de los objetivos o mejora el trabajo de un departamento, de cualquier departamento, limitar su control a un territorio marcado cual león africano es ponerse límites y frenar el desarrollo de toda la organización. Hay que admitir que no sabemos de todo, y que el nuevo entorno exige un modo de trabajo transversal en el que cada uno aporte su experiencia completando la de los demás, no acaparándolo todo.

Las redes sociales sirven para un montón de cosas: comunicar, vender, anunciar, atender al cliente, captar talento, recoger información de mercado, desarrollar producto, mejorar los procesos, etc. Lo ideal es que en un ambiente coordinado y transversal cada área aporte y ejecute su parte sin ver al resto de departamentos como si fueran la competencia: deben de ser un complemento o una ayuda. Coño, que son tus compañeros.

La territorialidad mal entendida es muy del siglo XX, y puede ser comprensible que aún queden cabezas amuebladas a la antigua usanza, con sevillanas o muñecas legionarias tocando la trompeta encima del televisor, pero de eso han pasado ya muchos años, muchos, más de media vida para la generación que nos echará a patadas si seguimos pensando que la estética de ‘Tocata’ era elegante.

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